carmen molina

EXPOSICIONES
    13 imágenes en: ¿QUIERES QUE TE CUENTE UN CUENTO QUE NUNCA SE ACABA?
    Había una vez, en un futuro no demasiado próximo (esto podría ser incoherente si no fuera porque es lo más coherente de este cuento), un grupo de princesas que estaban decididas a dejar de serlo. No todas, sólo las de nombre desconocido. Está claro que las de renombre internacional  no se querían sumar a la movida. Les seguía yendo demasiado bien en la vida, ahora con los remakes nuevos con tintes reivindicativos, pero que a la postre seguían vendiendo marca, de princesas claro, y el mercado seguía estando controlado por los mismos pájaros de siempre.
        
            La cuestión era bien simple. No se trataba de ponerse de huelga y desaparecer momentáneamente de los cuentos. Sabían que, al menos por el momento, tenían ese derecho. Pero no estaban dispuestas a cumplir servicios mínimos, ni tan siquiera llegar a un acuerdo o convenio. Era una decisión unilateral y determinante. Era un nunca más, un no categórico.

            Evidentemente, tenían a todo el mundo en contra. Los primeros en oponerse fueron los príncipes. ¿A quién podrían rescatar, despertar con un beso, hacer felices? Perdería sentido toda su preparación para convertirse en héroes luchando contra dragones, conjuros malvados, hechizos terribles... ¿Con quién compartirían sus reinos, los bailes, las perdices? Necesitaban a las princesas para ser ellos mismos, para seguir siendo príncipes.

        Por supuesto, los reyes y padres de las princesas no dudaron un momento en tomar posiciones. Aunque de una manera bastante despectiva consideraron que era cosa de adolescentes caprichosas y que nunca llegaría a prosperar, empezaron a cuestionarse cómo iban a mantener su autoridad sin hijas que poder encerrar en torres para preservar su virginidad. Si esta tontería seguía, sería absurdo convocar torneos, retos, enigmas y pruebas para conseguir casar a sus hijas y ampliar sus reinos y consolidar sus apellidos, costumbres y tradiciones.
        
        Los campesinos, cosa que llamó poderosamente la atención de las princesas de nombre desconocido, se sumaron a las reivindicaciones de los príncipes. Aunque en principio estaban totalmente discriminados de esos escenarios monárquicos de lujo y poder, todos sus sueños, metas y expectativas se basaban en conseguir atravesar esa línea infranqueable aunque les costara la misma vida y aún a sabiendas de que sólo algunos lo podrían conseguir. (Los poderes estamentales ya se habían encargado a través de la historia de los cuentos de tejer algunos ejemplillos para alimentar esas fantasías y así mantener dentro del sistema a estos personajes).
        
        Por supuesto, ellas ya contaban con la oposición frontal de brujas, hadas, madrastras y hermanastras, es decir, con todo el elenco de personajes femeninos mal llamados en las fichas técnicas como secundarios. Sabían perfectamente que se les acababa el cuento, nunca mejor dicho. Perderían los papeles de un plumazo. Esto era tan evidente y tan difícil de resolver que no se preocuparon, para no desperdiciar energías, de hacer campaña.
        
        Los sapos, cisnes y demás seres con cierta tendencia a la conversión automática, empezaron a caer en la cuenta de que quedarían esclavos para siempre de su origen animal.
        
        Los argumentos radicales contra la posibilidad de la desaparición de las princesas llegaban a todas las esferas. Los ecologistas hablaban de la conservación de los bosques, los ecosistemas de cuento, las especies protegidas, las cuevas y las montañas. Incluso hablaban de que esta decisión alimentaría aún más al cambio climático.
        
        Los compositores perdían primeras voces de sopranos y contraltos y veían peligrar sus mejores duetos y arias, sin contar con las bandas sonoras y los efectos especiales llenos de terror, de los pasajes que precedían a las escenas de amor.
        
        Los encargados del patrimonio artístico consideraban la terrible posibilidad del abandono de los palacios y castillos. Las ciudades medievales  de cuento y las casitas idílicas de chocolate y demás materiales frágiles dejarían de tener sentido. Podrían afectar a los museos, a las excursiones organizadas, incluso a las exposiciones y presentaciones literarias. El turismo podría resentirse, pregonaban.
        
        Los diseñadores de moda y espejitos mágicos, escenógrafos, zapateros, franquicias y multinacionales de cosmética y parafarmacia, cirujanos estéticos y dentistas protésicos, fotógrafos photosoperos, promotores televisivos... y demás empresas y profesiones subsidiarias veían peligrar su gallina de los huevos de oro, hasta ahora tan valiosa.
        
        No os digo nada la que organizaron las editoriales, las empresas cinematográficas, los mercados jugueteros, los guionistas, los ilustradores y los defensores de los derechos de autor y de todos aquellos que utilizaban el patrimonio cultural y literario como excusa para preservar lo bueno, lo malo y lo regular.
        
        Los grandes grupos de presión, que ejercían de dioses terrenales, exhibieron sus múltiples ultimatums por doquier, haciendo caer a todos aquellos gobiernos blandengues que estaban dispuestos a negociar algunos aspectos, aunque no fueran esenciales. Habían perdido la confianza en su capacidad para mantener el orden establecido por ellos mismos.
        
        Aprovechando la situación caótica, los poderes financieros, empresariales y especulativos, ajenos a cualquier tipo de ideología o problemática que no tuviera que ver con la rentabilidad, aprovecharon la coyuntura, que la gente ignorante empezó a denominar con el nombre propio de “Crisis”, para ajustar las plantillas, eliminar los derechos sindicales, decretar reformas estructurales... que se cargaban todas las consolidaciones sociales conseguidas y desequilibrar  todo tipo de posibilidad de giro.
        
        Las abuelitas, maestras y contadores de cuentos tradicionales organizaron un congreso extraordinario para reclamar los derechos de la tradición oral. “Ahí les duele”, pensaron las princesas de nombre desconocido, ya está bien de tanta tradición, ese argumento es la raíz de todas nuestras tragedias.
        
        
        Estaban decididas. Ya no les valían leyes de igualdad, ni las ayudas y subvenciones para seguir viviendo del cuento. Habían sido siglos y siglos de manifestaciones, reivindicaciones, campañas y concienciaciones para estar en el mismo sitio, a la intemperie más absoluta aunque vestidas de seda y purpurina rosa.
        
        Ahora elegirían el papel que querían desempeñar en sus propias historias (por supuesto ya no serían cuentos, serían realidades) diseñadas y elaboradas por ellas mismas, sin hilos de marioneta y sin merchandising. Dejarían de ser y de actuar como políticamente se suponía que era correcto. Podrían decidir si compartían su vida con alguien o no, sin que ello les supusiera ningún obstáculo o marca. Organizarían y gestionarían sus propios sentimientos y experiencias vitales. Pasarían olímpicamente de cualquier paradigma social, cultural y artístico impuesto por las leyes de “Misguev” y, por supuesto, serían totalmente libres para adoptar la estética corporal que a ellas mismas les pareciera oportuna.
        
        Para empezar, tirarían todos los zapatitos de tacón, incluídos los de cristal. Y las zapatillas de media punta, sobre todo las rojas. Las fajas, los corpiños, las medias ortopédicas, los sujetadores de aroquesetehinca y los de relleno efecto up, irían sin lugar a dudas al rincón más negro y oscuro del fondo del armario. Es decir, a ningún sitio, porque ese término ya no habría lugar. Lucirían sin complejos arrugas, canas, mollas y chichas, granos y cualquier cosa, hasta el momento imperfección, que tuviera que ver con el disfrute personal y la cantidad e intensidad de sus vidas. Conservarían para siempre aquellos cómodos vestidos y rebecas calentitas sin importarles  que estuviesen más o menos vistos, que fuesen más o menos a la moda (ese concepto no tendría ya sentido) y podrían repetirlos una y otra vez en todas las bodas y eventos (si es que consideraban voluntariamente asistir).
        
        Dejarían de darse por aludidas si es que no se las nombraba específicamente, sin generalizaciones históricamente aceptadas. Muchos conceptos, demasiados hasta el momento, dejarían de ir asociados a palabras que las discriminaran, desprestigiaran o incluso las eliminaran. Y así un largo, larguísimo e increíble etcétera.

    .......

        Pero esto sigue siendo un cuento. Y las protagonistas siguen siendo princesas aunque quieran dejar de serlo. Y como ya se ha terminado el nudo, ahora tiene que venir el desenlace, que es lo que está mandado. Y seguimos con la tradición, y con las normas, y con la estética establecida, y con las partes ya organizadas. Y aunque no haya convite, ni fiesta en palacio, ni perdices, ni colorín colorado, este cuento sigue inacabado...

    Carmen Molina Mercado
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