alfonso infantes

EXPOSICIONES
24 imágenes en: TRAGICÓMIC
TRAGICÓMIC Nos encontramos ante una nueva propuesta artística de este fotógrafo jiennense, Alfonso Infantes (Linares, 1953), que, esta vez, nos sorprende con un arriesgado trabajo, fruto de una incómoda reflexión. En la celda oscura y comprometida de su laboratorio, entre la espada de un mundo cada vez más desvergonzadamente inhumano y la pared de la militancia en la resistencia, se sitúa la denuncia de tanto desecho dado por hecho y la renuncia del artista a dar el visto bueno de la complacencia a tanto error justificado y a tanto horror legalizado. Alfonso, al releer la tragicomedia de este mundo desde la lentitud reflexiva del objetivo de su cámara, hace como aquellos lectores que crearon un nuevo idioma con anotaciones al margen y nos ofrece sus fotografías como glosas de análisis y reflexión. Este mundo no está para florituras, por más flores artificiales que nos pongan en jarrones de publicidad; ni está para dar saltos, cuando nos están haciendo pedazos: aquí las comparaciones podrán ser cada vez más odiosas pero los contrates son cada vez más fuertes, y el norte se aleja cada vez estrechando y redefiniendo sus límites mientras el sur se precipita al sur ampliando la gama de sus esclavitudes e impotencias. Nos podemos creer jinetes de nuestra montura, pero no dominamos las riendas del cuadrúpedo; seremos los actores de la obra, pero no somos los autores del guión; quizá sintamos la satisfacción de tener un carnet de identidad, pero el número a que somos reducidos nos ha sido dado por quien hasta nos lleva el dedo para controlar nuestras huellas dactilares. Podemos, en definitiva, sentirnos sujetos individuales y sociales, pero eso no será sino otra ilusión más, consentida: en realidad, todo está atado y bien atado: son los poderes -¿o el mismo perro con distintos collares?- los que nos tiene predeterminados para que nos sintamos poseedores de lo que queramos cuando en realidad somos poseídos. ¿Estaremos sujetos a un calvinismo político? Podrán ser nuestros los sentimientos de liberación y residir en nosotros la base de la democracia, mas no tenemos el control de lo que votamos; podremos cambiar las formas, pero que no se nos ocurra tocar el fondo donde se esconde un avispero con malas pulgas; elaboraremos ideas como “revolución”, “justicia” o “participación”, pero pronto el poder las domesticará con descaro hasta hacerlas “políticamente correctas”. Esta es la tragicomedia de nuestra existencia, la paradoja de los mismos derechos escritos sobre líneas divergentes: estar en la soledad en medio de la compañía, perseguir con más rigor al trapicheo de la pobreza que a la corrupción de la riqueza, llamarle mafia a las formas forzadas de la subsistencia y magia al crecimiento rápido de las superpontencias, que sea la baba y la Babia del los programas del corazón los que marque el pulso vital de una sucia sociedad, que la misma cruz con la unos justifican sus guerras y coronan sus victorias sea el símbolo del amor más misericordioso, que la marquesina de los gobiernos ampare “con voz propia” el desamparo de los vecinos en la picota, que sean los juguetes del nieto el marcapasos de la memoria, que el pan nuestro de cada día no se corresponda con el erotismo de los nuevos escaparates, que todavía los miedos se escondan en los armarios, que la etimología de los valores dependa de la estrategia de la rentabilidad... Las fotografías de Alfonso “apuntan y disparan” hacia esas paradojas y contradicciones con las que tan cómodamente “bienvivimos”. Y para “facilitarnos” la reflexión opta por el vehículo del cómic como ejercicio intermedio entre la pintura y la fotografía, donde el color tiene un valor secundario, pero el gesto tiene la fuerza y la rapidez de los golpes contundentes. José Román Grima
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