alfonso infantes

EXPOSICIONES
40 imágenes en: CALENDARIOS DE LA MEMORIA

“Siempre veo la fotografía como algo mágico:

Una instantánea es una suerte de verbo capaz de articular infinitos relatos…

Me admira el hecho de ver cómo con la cámara se puede congelar la vida…

Una fotografía, también, es susceptible de múltiples lecturas”.

José Ángel Valente 

Posiblemente sea esta exposición la primera y mejor ocasión para conocer en toda su amplitud la fotografía de Alfonso Infantes, un artista jiennense (Linares, 1953) que, paradójicamente, no conjuga bien en su vida aquello que llega a ser perfecta compenetración y ensamblaje en su arte. Me explico: Alfonso tiene una imagen de timidez y sencillez tras la cámara que luego, en sus fotografías, se convierte en una realidad extrovertida y compleja. La cámara, el proceso fotográfico, se convierte así en un chip que multiplica y potencia toda la capacidad y profundidad expresiva de este artista. Alfonso se transforma en su arte. No podía ser de otra manera: el manantial, tarde o temprano, ha de encontrar una falla por donde reventar y manar.

 

Al ver la obra fotográfica que Alfonso nos muestra esta vez, recuperé una imagen que, seguro, muchos compartimos. Hasta hace poco, en casa de nuestros padres y abuelos, hemos convivido entre paredes de las que colgaban almanaques y calendarios que nos permitían saber lo único cierto que entonces se nos permitía saber, el día en que estábamos. Muchas veces el mes se entretenía en deshojarse o la “estampa” del año permanecía clavada en la pared más allá de diciembre como si fuera una memoria persistente. Con estos “calendarios” que, desde el blanco y negro a los diferentes procesos en el color y la técnica, cuelgan ahora en las paredes de nuestra Universidad, parece como si el artista, al seleccionar la memoria, nos quisiera trasladar, hombro a hombro con su cámara, no al día en que estábamos sino al día, a los días que hemos vivido y, desde ellos, también al día que ahora vivimos. Para André Maurois, que consideraba la memoria como la única constancia de yo, “la recuperación por la memoria de sensaciones que hace falta profundizar, iluminar, transformar en equivalencias intelectuales, es la esencia misma de la obra de arte”. Ésa, creo, es también la esencia de la obra fotográfica que sostiene esta exposición. La desmemoria, como dice nuestro paisano Antonio Muñoz Molina, es un estado semejante a la inexistencia, un no verse a uno mismo. Alfonso, a través de estas fotografías nos invita a entablar un diálogo con nosotros mismos, con la memoria de nuestra propia existencia, a vernos y reflexionar sobre un pasado que siempre late en el pulso de un presente presionado por muchos futuros anticipados.

 

Costaría trabajo, si es que además no resultara esfuerzo baldío, realizar un análisis profundo de la obra de Alfonso separando a este artista de la profesión pedagógica que ejerce o de su compromiso con la sociedad. Alfonso concibe la fotografía como una pedagogía, la pedagogía como un análisis de la realidad y su imagen, la vida como una dialéctica y una re-flexión entre la utopía y la realidad. Con una salvedad: la fotografía pedagógica (o la pedagogía fotográfica) de Alfonso no impone nada; sugiere lecturas, cuestiona la verdad originaria para que sea la interpretación la que sirva para desenmascarar las mentiras como puños de la realidad absoluta y para buscar, de forma machadina y relativizando nuestras propias y más convictas convicciones, la verdad compartida.

 

Yo no sé si esta ocasión evidenciará aquella frase de Zenón al decir que “el que contempla se hace semejante al objeto de su contemplación”. De lo que sí estoy seguro es de que a quien contemple esta muestra fotográfica de Alfonso Infantes le será difícil mantener una actitud de silencio indiferente; antes bien, habrá entablado un diálogo y una reflexión con los calendarios de su propia memoria.

José Román Grima

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